Prensa y Poder: El periodismo en la era de la posverdad

Por Juan Carlos Salazar del Barrio
¿Qué es la posverdad? El director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, dice que es el conjunto de aseveraciones que dejan de basarse en hechos objetivos para “apelar a las emociones, creencias o deseos del público".
24 de Agosto del 2017 02:54

Dieciocho abogados acordaron en agosto pasado defender a un perro de raza shar pei –“Pantuque”- que iba a ser sacrificado por orden judicial por haber causado lesiones graves a un niño de 11 años y a su madre. Uno de los abogados, defensor de los animales, dijo que el equipo no solo se proponía asumir el caso, sino que además pretendía realizar "presión a nivel nacional" en apoyo de su defendido, debido a que "se estaba cometiendo una injusticia contra el animalito", ya que el perro había actuado en “legítima defensa” ante las supuestas agresiones de las personas atacadas.

Como dijo Página Siete en un editorial, “Pantuque” obtuvo el apoyo legal “al mejor estilo de un magnate, de una estrella de cine o de un peso pesado de la política”. El hecho provocó un gran revuelo y llamó la atención incluso de la prensa internacional.

¿Por qué menciono la anécdota?

Porque, meses antes, mi colega, amigo y paisano tupiceño Humberto Vacaflor tuvo dificultades para encontrar un abogado –uno solo- que lo defendiera ante la demanda que le interpuso el presidente Evo Morales. Yo mismo me vi ante la misma dificultad cuando tuve la peregrina idea de demandar a un súper ministro por el delito de difamación, ante sus persistentes ataques a Página Siete. No encontré a nadie que quisiera asumir el caso.

Yo no tengo nada contra los perros, pero algo debe andar mal en el país para que un perro tenga 18 abogados que lo defiendan y un periodista independiente, ninguno.

Cuando un funcionario gubernamental se siente atacado o injustamente tratado por un medio puede acudir a los tribunales de ética de los periodistas, y nuestros tribunales de ética funcionan y funcionan bien, como lo han demostrado en numerosas ocasiones.

Pero, ¿a quién acude el periodista que se siente víctima del poder? Debería ser a la Justicia. Pero, ¿qué pasa cuando la justicia está sometida al poder político y más bien es utilizada para perseguir a las disidencias como ocurre en Bolivia?

Ante tal situación, el Quijote probablemente habría exclamado: “Con el poder topamos, Sancho”.

Y con el poder se topa la prensa independiente a diario.

La vida me ha dado la oportunidad de trabajar en varios países latinoamericanos y europeos, ya sea como corresponsal permanente o como enviado especial, y dar testimonio de innumerables acontecimientos y eventos de todo tipo.

Me tocó cubrir el ascenso del militarismo en el Cono Sur latinoamericano, la “guerra sucia” argentina, la guerra civil centroamericana, el “período especial” en Cuba tras el derrumbe de la Unión Soviética –que era otra forma de hacer la guerra-, el alzamiento indígena zapatista de Chiapas y, ya como director del Servicio Internacional en Español de la agencia dpa, con sede en Madrid, me cupo coordinar la cobertura del ataque a las Torres Gemelas y los primeros atentados yihadistas en Europa.

El periodismo se desarrolla principalmente en cuatro ámbitos: el democrático, el autoritario, el dictatorial y el ámbito de los conflictos armados. A mi tocó trabajar en todos ellos y en alguno que otro no clasificado, como el de la “dictadura perfecta”, como definió Mario Vargas Llosa al régimen de partido único del México del siglo pasado, y la “democracia imperfecta”, un modelo bastante conocido por los bolivianos.

Y también me ha tocado trabajar bajo un autoritarismo de nuevo cuño, el populismo, definido por el politólogo neerlandés Cas Mudde como una ideología que divide a la sociedad en dos grupos homogéneos y antagónicos: los «puros» y las «élites corruptas», el primero de los cuales se postula como verdadero y único interprete de la voluntad del pueblo.

En la actualidad es imposible leer un artículo sobre política sin toparse con la palabra “populismo”, porque, como bien dice Mudde, de un tiempo a esta parte, en casi todas las elecciones y referendos se enfrentan “un populismo envalentonado y una clase dirigente en horas bajas”.

Fue el triunfo del Brexit en el Reino Unido y de Donald Trump en Estados Unidos lo que puso el tema en el tapete del debate global.

Más allá de las comparaciones fáciles, de si Trump es un vulgar “populista latinoamericano” o el "peronista del Potomac", como lo calificó The Economist, lo cierto es que -para citar nuevamente a Mudde- los populistas, sobre todo de derecha, quieren hacernos creer, desde una pretendida superioridad moral, que la sociedad está dividida entre los “puros”, que son ellos, y la “élite corrupta”, que son los demás; los “puros”, que, obviamente, expresan la “voluntad del pueblo”; y los “corruptos”, que están en contra de los intereses populares.

La victoria de Trump y del Brexit también puso de moda la palabra “posverdad”. "¡Bienvenidos a la era de la posverdad!", escribió The Economist tras las elecciones de Estados Unidos y el referéndum británico. A fines de 2016, el prestigioso diccionario de Oxford distinguió al término con el título honorífico de la "palabra del año".

El primero que habló sobre la posverdad fue el dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich en un artículo publicado en la revista The Nation, en 1992, a propósito del escándalo Irán-Contra, el llamado “Irangate”, cuando el gobierno de Ronald Reagan vendió ilegalmente armas a Irán, en plena guerra con Irak, para financiar a los “contras” nicaragüenses que pretendían derrocar al gobierno sandinista.

Tesich escribió en esa ocasión: "Lamento que nosotros, como pueblo libre, hayamos decidido libremente vivir en un mundo en donde reina la posverdad".

Y en eso estamos 25 años después, en la era de la posveredad.

¿Qué es la posverdad? El director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, dice que es el conjunto de aseveraciones que dejan de basarse en hechos objetivos para “apelar a las emociones, creencias o deseos del público".

Dicho de otro modo, en palabras menos académicas: cuando las mentiras se venden como verdades.

El uso del prefijo "pos" no significa que la verdad ha desaparecido, así como "posindustrial" no significa que hayan dejado de existir las industrias. Lo único que significa es que el rol de la verdad dejó de ser central en el relato político.

Como nos recuerda el periodista español David Pérez,” la posverdad recurre a mensajes, esquemas, argumentos o relatos aparentemente verdaderos sin serlo, y generalmente imbuidos de una carga emocional que suple cualquier necesidad y posibilidad de verificación y cualquier asomo de autenticidad”.

Es “una mentira renovada gracias a una neolengua políticamente correcta, profundamente falaz y de una gran simpleza y eficacia”.

La posverdad está directamente relacionada con el populismo. Se han aliado incondicionalmente, como el hambre con las ganas de comer. Y este fenómeno tiene mucho que ver con la esencia del periodismo, que es la búsqueda de la verdad y el escrutinio del poder.

La experiencia muestra como los líderes populistas se han puesto a demoler las instituciones y el sistema democrático. Lo hacen invocando esa misma democracia que les ha permitido ganar el poder, mientras sus seguidores propagan sus seudoverdades sin pudor ni cuestionamiento alguno. ¿Y cómo lo hacen? Estableciendo una comunicación directa con los ciudadanos, sin filtros, a golpe de tuits, y sin la fiscalización ni el cotejo de la información que proporcionan y de las políticas que prometen.

Como dice David Pérez, difunden mentiras, infamias, calumnias e informaciones descontextualizadas que alcanzan automáticamente la categoría de “verdades” por la vía de la repetición por parte de centenares de activistas y sus múltiples máscaras, los llamados «trolls», al servicio de una estrategia de manipulación y linchamiento, que luego

se proyecta y se repite en bucle, señalando a una persona, a una institución o a un medio hasta demolerlos sin piedad.

Después de medio siglo de ejercicio profesional -como lo he dicho en más de una ocasión-, he llegado a una conclusión: el poder no nos quiere; no quiere a la prensa ni a los periodistas, sobre todo cuando tratan de cumplir con la función que les ha asignado la sociedad. Y cuando hablo del poder no me refiero únicamente al poder político, sino también al económico y a los poderes fácticos.

No conozco ningún político opositor que no defienda la libertad de expresión desde el llano ni a ninguno que no la atropelle en mayor o menor grado cuando llega al poder.

Desde la oposición, todos los políticos se adscriben y exigen respeto a la libertad de prensa, pero apenas toman las riendas del gobierno, reniegan del escrutinio y el control que exigían para los gobiernos a los que combatían. Por supuesto, hay excepciones que confirman la regla, pero son eso: excepciones.

¿Por qué lo que es bueno mientras se busca el poder deja de serlo cuando se lo consigue? No se trata de un simple cambio de punto de vista, del cristal con que se mira la realidad desde una u otra posición, sino del pragmatismo que olvida todo principio democrático en aras de la ansiada hegemonía y la verdad única que la sustenta.

El pensador, político e historiador francés Alexis de Tocqueville, autor de “La democracia en América”, dijo hace dos siglos que no es posible tener verdaderos periódicos sin democracia ni una verdadera democracia sin periódicos. Es una verdad todavía vigente. La prensa libre es el oxígeno de la democracia. Una no puede sobrevivir sin la otra.

El editor Finley Peter Dunne solía decir que la tarea del periodista es "tranquilizar al afligido y afligir al tranquilo”, mientras que el Nobel de Economía Joseph Stiglitz, a quien muchos gobernantes de izquierda gustan citar por sus críticas a la globalización y al libre mercado, afirmaba que la función de la prensa no es otra que la de ser "el perro guardián de las sociedades”.

El principal destinatario de la prensa es el ciudadano, al único al que el periodista debe lealtad. Si la primera obligación del periodista es acercarse a la verdad, a partir del reconocimiento de que no existe una verdad única, su segunda obligación es abrirse a los demás. De ese deber nace el pluralismo: la necesidad de ofrecer un foro público, no sólo para la información, sino también para la crítica y la opinión, a fin de que todos tengan la oportunidad de compartir "su verdad” y que el ciudadano pueda elegir entre las muchas “verdades”.

La pluralidad es vital si creemos que el propósito principal del periodismo es, como sostienen Bill Kovach y Tom Rosenstiel, "proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos”.

“Dale luz al pueblo y el pueblo encontrará su propio camino”, reza el lema de un importante grupo de periódicos americanos.

Tales principios no suelen ser aceptados por los gobernantes, y si lo son, es a regañadientes, porque el control del poder desde la independencia y el pluralismo choca con sus afanes hegemónicos. A mayor hegemonía política, menor libertad para los medios.

Como dice Carlos Mesa, "la democracia ha sido diseñada para limitar al poder”, y la tarea de los periodistas es contribuir a fijar esos límites.

“Es mucho más comprensible –sostiene Mesa- un periodismo crítico, un periodismo de denuncia, un periodismo que ponga en evidencia los excesos del poder, que un periodismo complaciente”.

Por eso mismo, el periodismo sólo puede desarrollarse a plenitud en un marco de deliberación y crítica, de ciudadanos informados, es decir, en un ámbito democrático,

La historia es rica en ejemplos de gobiernos dictatoriales o autoritarios que privilegian el "orden” –entre comillas- sobre el consenso, cuando no el control total sobre la sociedad y los medios, y que construyen su dominio político y social sobre los restos de la libertad de expresión. Y también son numerosos los ejemplos de sociedades que logran su liberación cuando empiezan a expresarse en libertad.

La asfixia de la prensa es en muchos casos violenta, como ha ocurrido durante las dictaduras militares, con periodistas asesinados, encarcelados, torturados y exiliados, pero también se la aplica por métodos mucho más sutiles, como el amedrentamiento, para inducir a la autocensura, o el boicot publicitario, para doblegar al medio.

Estas presiones, inadmisibles en cualquier sociedad democrática, tienen como agravante la utilización de recursos públicos: los medios estatales, para amenazar, y el dinero proveniente de los impuestos de todos para premiar adhesiones y castigar disidencias.

Carlos Mesa resumió muy bien la situación de la prensa en el momento actual cuando dijo que “el Gobierno está detrás de la demolición de los medios que considera de la oposición”. Subrayó que la acusación contra Página Siete y otros medios independientes, como la Agencia de Noticias Fides y Erbol, de haber conformado un “cártel de la mentira”, forma parte de esa “estrategia de demolición”.

“Estamos viviendo una sensación de miedo, una sensación de que si dices cosas que son complicadas acabas judicializado. El gran secreto de un proceso democrático que limita las libertades es transformar la represión directa en judicialización”, dijo el expresidente al

alertar sobre el riesgo de la autocensura que se cierne sobre la prensa boliviana como consecuencia lógica del miedo.

No fue el único en llamar la atención sobre tales riesgos. Tras una visita a La Paz, el Relator Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Edison Lanza Robatto, advirtió que en "una democracia no se puede perseguir, hostigar o estigmatizar al periodista por el hecho de informar sobre temas que son de real interés público”.

Lanza Robatto dijo que poner etiquetas a la prensa, como la del “cártel de la mentira”, no favorece a "un clima de tolerancia, de respeto a las ideas y al trabajo periodístico”, y expone a los periodistas estigmatizados “a un riesgo grave, a un acto de violencia”. El Relator Especial de la Comisión no dudó en afirmar que esta estigmatización es “una forma de represión”.

¿Y qué respondió el Gobierno? El presidente Evo Morales acusó al visitante de haberse plegado al “cártel de la mentira”.

A eso hemos llegado.

En una democracia que se precie de tal no puede haber periodistas estigmatizados o perseguidos. El exilio no puede ser la alternativa a la cárcel o a la humillación pública: O te humillas o te proceso sin ninguna garantía. Y si no te gusta, puedes irte del país. La única norma que debería regir las relaciones de la prensa con el Gobierno es la ley, pero una ley respetuosa de los derechos y las garantías individuales, como es la Ley de Imprenta. Y, por supuesto, los códigos de ética, como autorregulación.

Interpelar y desconfiar del poder son cuestiones inherentes a la función social y a la misión del periodismo; cuestionar y poner en duda la verdad única para contrastarla con la otra cara de la realidad, exigir la rendición de cuentas y hacer frente a la arbitrariedad y a la impunidad, forman parte de esa misma misión, pero siempre en el marco de principios y valores éticos rigurosos.

El periodismo irrita al poder. Y, como dijo el periodista y escritor español Juan Cruz, cuando el poder está irritado culpa de los hechos al periodismo. “Enfangar al periodismo es muy fácil: basta con que tengas a mano una máquina del fango. Y para limpiar el fango basta con decir que la máquina del fango son los otros”.

A lo largo de la historia, los intereses de los políticos y de los poderes ocultos –o no tan ocultos- han conspirado contra la búsqueda de la verdad. Los políticos no desean escuchar las voces de la sociedad, sino los ecos de sus propias palabras. Les irrita el contrapeso y cualquier freno a su tendencia a gobernar sin críticas. Y esto ocurre y ha ocurrido Incluso con los más demócratas.

Winston Churchill, al frente del gobierno británico durante la Segunda Guerra Mundial, se daba tiempo para escribir cartas al Times para quejarse por las críticas a su gestión y llegó a barajar posibilidad de suspender la libertad de prensa. Konrad Adenauer, padre de la democracia alemana, también escribía cartas a los periódicos, incluso a los extranjeros. En cierta ocasión escribió al Manchester Guardian para decirle a su director: “Su periódico tiene dos redacciones: una trabaja los días pares; la otra, los impares, y ninguna de las dos sabe lo que escribe la otra”.

El periodista estadounidense Izzi Stone, uno de los padres del periodismo de investigación, recomendaba a sus alumnos: “Tened en cuenta que un primer ministro es siempre un mentiroso”.

El director del Washington Post decía a principios del siglo pasado que “la primera misión de un periódico es decir la verdad hasta donde sea posible buscarla”, en tanto que el escritor católico francés Charles Peguy pedía: “Decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, decir estúpidamente la verdad estúpida, aburridamente la verdad aburrida, tristemente la verdad triste”.

Buscar y decir la verdad es la esencia del periodismo. Y es aquí donde chocamos con el mal de este principio de siglo: la posverdad.

Los principales diarios de Estados Unidos, como el New York Times, el Washington Post y Los Angeles Times, calificaron a Trump como “un político de la posverdad”, y a partir de su elección dedicaron gran parte de su cobertura a verificar los contenidos de los discursos del nuevo presidente.

Según un estudio del Washington Post, Trump dijo más de 1.000 mentiras en sus primeros 240 días de mandato. Todo un récord, incluso para los políticos.

El enfrentamiento entre el actual mandatario de EE.UU. y lo que él llama la "prensa liberal" continúa hoy. Trump llegó a decir que “la prensa es el enemigo del pueblo americano”. ¿No les suena conocida esa acusación? Hace algunas semanas, publicó en su cuenta oficial de Twitter un video en donde él aparece golpeando a una persona que representa a la cadena CNN, uno de los medios que más ataca. Aquí, en Bolivia, ¿cuántas veces hemos visto a altos dignatarios del Estado exhibir a través de la televisión oficial a los medios independientes como enemigos del pueblo?

Trump no es pues el único líder político que apela a la mentira abierta para imponer su verdad. No es necesario ir a Estados Unidos para mostrar cómo funciona la posverdad.

Todos Uds. conocen el caso Zapata. El periodista Carlos Valverde aseguró el 3 de febrero del año pasado que Evo Morales tuvo una relación con Gabriela Zapata de la que nació un hijo. Valverde mostró el certificado de nacimiento. Al día siguiente, el entonces ministro

de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, admitió la relación. “Fue efectivamente pareja del presidente el año 2007”, dijo, aunque se abstuvo de confirmar la existencia del niño.

Dos días después de la revelación, el 5 de febrero, el propio presidente Morales confirmó la información que divulgó Valverde. Dijo textualmente: “A Gabriela Zapata Montaño la conocí en 2005. Era mi pareja. En 2007 tuvimos un bebé y lamentablemente, nuestra mala suerte, ha fallecido. Tuvimos problemas y a partir de ese momento nos distanciamos”. Esto lo oímos y lo vimos todos por televisión.

Obviamente, la admisión del Presidente tuvo una amplia repercusión y dio lugar a la cobertura periodística que conocemos.

Pero escuchen Uds. lo que dijo el presidente 11 meses después, el 14 de noviembre del año pasado, en una entrevista concedida al diario mexicano La Jornada:

“El movimiento social planteó este tema del referendo (para la reelección). Y la derecha lo enfrentó en base de mentira, de codicia. Inventó una mujer y un niño, y dijo que era hijo de Evo. Es más, dijo que el niño había muerto. Todo era mentira. Y ahora que se investigó resulta que ni siquiera había habido niño. Pero ya quedó la calumnia. La prensa se comportó como un cártel de mentiras. El tema estaba bien organizado. Lo planificaron con anticipación. Cuando no pueden tumbar ideológicamente ni democráticamente usan a la familia y hasta un niño inexistente. A mí realmente me ha sorprendido”.

Eso es lo que dijo. Es su nueva versión.

Y, claro, uno se pregunta, pero ¿no fue el propio presidente el primero en confirmar que había tenido una relación con la señorita Zapata, que tuvo un hijo con ella y que éste murió posteriormente? Si hubo un invento, no fue precisamente de la prensa. ¿Qué culpa tiene la prensa de que el presidente no sepa con quién mantiene relaciones, si tiene o no tiene hijos y si los tiene dónde están?

Esta es una posverdad y sobre esta posverdad, la supuesta mentira que Evo Morales atribuye a los medios independientes, el gobierno se sacó de la manga la patraña del “cartel de la mentira”, y sobre esta posverdad construyó la campaña para desconocer el resultado del referéndum del 23 F.

Y Evo Morales –que el 5 de febrero dijo una cosa y el 14 de noviembre todo lo contrario- nunca dio una explicación sobre esta flagrante contradicción. No dijo que se había equivocado o que la señorita Zapata le había engañado. Y, por supuesto, tampoco pidió disculpas a la prensa por haberle atribuido una mentira que no era de sus responsabilidad.

Todo lo contrario. Mentira sobre mentira, dijo que todo fue un invento de la prensa. Y todavía lo repite, como si no hubiese archivos ni hemerotecas.

Otra posverdad:

El 22 de febrero del año pasado, un día después del referéndum, el presidente Morales declaró textualmente: “Aunque con un voto o con dos votos va haber un ganador, eso se respeta. Esa es la democracia“.

Dos días después, el 24, señaló: “Quiero decirles que respetamos los resultados, es parte de la democracia”.

Pero miren lo que declaró el Vicepresidente al diario El Deber hace dos semanas: "En verdad, lo que hubo es un empate. Han ganado por 70 mil votos, eso no es ganar, eso es empatar… “

¿No era que el gobierno aceptaba la victoria del No incluso por uno o dos votos? Ahora resulta que no hubo victoria del No, que hubo un empate, y como hubo empate, el pueblo debe desempatar.

Sobre esta posverdad el gobierno pretende construir la “verdad” –entre comillas- del supuesto “derecho humano” del presidente a la reelección vitalicia.

Pero, atención, una semana antes del referéndum, el 15 de febrero, el presidente Morales declaró: "Si el pueblo dice ‘no’, ¿qué podemos hacer? No vamos a hacer golpe de estado. Tenemos que irnos callados”.

De esta declaración, muy bien podríamos deducir que su empeño reeleccionista no es otra cosa que un intento de golpe de Estado. Y, ¡ojo!, por sí las dudas: lo del “golpe de estado” lo dijo él. Que no se diga después que fue un invento del “cártel de la mentira”.

Al reflexionar sobre los riesgos de la posverdad, el director del diario EL PAÍS de Madrid, Antonio Caño, dijo que "la libertad de prensa está en peligro”, y que “con ella está en peligro toda la arquitectura de libertades y derechos que conforman una democracia".

Al denunciar los ataques que sufren los medios independientes por parte de políticos populistas y autoritarios, que intentan erosionar su credibilidad para promocionar su ideología, eludiendo la mínima fiscalización, señaló que "la mentira es mentira, aunque se llame posverdad. Y la posverdad es el prefascismo".

Así de grave.

Entonces, no estamos hablando de una moda cualquiera, sino de toda una tendencia. Como dijo alguien, la posverdad es la “marca blanca” de la mentira, un simple disfraz de la mentira.

Otro periodista y académico, Álex Grijelmo, dijo que “la era de la posverdad es en realidad la era del engaño y de la mentira”, que se caracteriza por la masificación de las creencias falsas y la facilidad con que prosperan los bulos.

El jurista y escritor catalán Francesc de Carreras admitió que los actuales “no son buenos tiempos para el periodismo”, porque “cualquiera puede decir algo que es falso y, sin comprobar su veracidad, esa afirmación se va repitiendo hasta calar en la opinión pública como una verdad inatacable”.

Y las redes sociales contribuyen a esta confusión, apoyadas en la mala fe de unos y en la ignorancia de otros.

A tal punto han llegado las cosas, como dice Carreras, que “el periodismo de investigación ya no consiste sólo en buscar afanosamente la verdad, sino que tiene como objetivo primordial desmentir la posverdad, es decir, averiguar las falsedades que se van instalando en la mentalidad de la gente como verdades establecidas”.

Un diario español ha creado una sección fija denominada ”La maldita hemeroteca”, donde día a día desenmascara las posverdades de los políticos de turno, contrastando sus declaraciones de hoy con las que hicieron ayer.

Una columna de ese tipo haría su agosto en la prensa boliviana, porque basta googlear un poco para encontrar joyas –como la del golpe de estado- en cada una de las declaraciones de nuestros políticos.

Hoy por hoy, la posverdad, como arma ejercida desde el poder autoritario, es la principal amenaza a la libertad de prensa.

Combatir y desenmascarar sus mecanismos es un desafío que debería implicar no solo a los medios y a los periodistas, sino a todas las esferas de la sociedad, porque la posverdad no es una alternativa de la verdad, sino la negación misma de la verdad.

La Biblia dice que «la verdad nos hará libres». Muy bien podríamos agregar que «la posverdad nos hará esclavos», como bien señaló David Pérez.

Por

Juan Carlos Salazar del Barrio

Periodista, cofundador de la Agencia de Noticias Fides, exdirector del Servicio Internacional en Español de la agencia DPA, exdirector del periódico Página Siete y Premio Nacional de Periodismo de Bolivia 2016.